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“Señor, saber que nos reconoces aunque somos pequeñas criaturas en la inmensidad de tu universo, saber que no somos ignorados, nos llenas de gozo, seguridad y esperanza. En este mundo de innumerables ruidos y confusión de voces, pronunciar tu nombre, invocarte y saber que en medio del caos nos escuchas, nos das paz y alegría.
Sabemos que inclinas tu oído amoroso a quienes te invocan desde su situación humana, desde sus alegrías y sus quebrantos, desde sus satisfacciones y sus necesidades, solos o acompañados, saludables o enfermos.
Sabemos, Señor, que nos llamas por nuestro nombre, nos comprendes y nos favoreces con tus atenciones y cuidados maravillosos.
Te invocamos, Señor, agradecidos, sabiendo que estás presente, porque nunca te ausentas de nuestra realidad humana. Abrimos nuestras almas a ti como la tierra sedienta se abre a la lluvia refrescante. Responde a nuestras palabras, Señor, con esa inspiración de tu presencia grata y edificante. Te pedimos que en este encuentro de adoración y culto podamos crecer y profundizar nuestra relación contigo. Y prepararnos mejor para vivir como tú puesto en medio de este mundo.
Purifica nuestros cuerpos para reflejar tu gloria.
Daniel 1:8a |